Como un pulmón verde se erige a las afuera de la ciudad de Concordia, el parque San Carlos . Un lugar de esparcimiento y relax para turistas y familias de la ciudad que guarda un pasado interesante y un distinguido visitante: Antoine de Saint Exupéry -por entonces experimentado piloto de fama internacional-y luego famoso autor de «El Principito»

Las tierras que hoy ocupa el Parque San Carlos y sobre las cuales se erige el “Castillo” tuvieron diversos dueños desde 1867, según los documentos probatorios con los que se cuenta actualmente.

A fines del Siglo XIX,  una serie de convenios entre capitales franceses y hacendados y empresarios de nuestra ciudad (donde se venía desarrollando la industria saladeril) derivaron en la instalación en Concordia de una fábrica de carnes enlatadas, “La Uruguay”, que posteriormente pasaría a denominarse “San Carlos”, tras cambiar de administración. Esto tuvo como consecuencia el desembarco en puerto concordiense de un singular personaje francés: A. Eduardo Demachy.

EDUARDO DEMACHY LLEGA A CONCORDIA

 Aún no están del todo claros los motivos, pero Eduardo Demachy habría sido el designado por su padre, Carlos -un acaudalado banquero de París- para hacerse cargo personalmente de los emprendimientos industriales mencionados, ya que estaban involucrados fondos de la sociedad financiera francesa Demachy-Selliere. Sin embargo, desde aquellos tiempos circula entre nosotros una versión que explica que, en realidad, la verdadera razón de su presencia en esta villa tan lejana de Europa fue su relación con Yolanda De Corbeil, bailarina y actriz de la noche parisina, con quien Eduardo (en contra de la voluntad de su familia, ya que la mencionada no pertenecía  a la alta sociedad) se casó y tuvo un hijo.

Tras alojarse un tiempo en el mejor hotel que pudo conseguir en la ciudad, Eduardo adquiere varias hectáreas de terreno en la zona noreste de Concordia, sobre la costa del río Uruguay, donde manda a construir lo que será su mansión. Desde entonces, la estancia y la fábrica de conservas instalada en las proximidades, recibieron el nombre “San Carlos”.

CONSTRUCCIÓN DEL “CASTILLO”

La construcción de su mansión inició en 1886, culminándose la obra a mediados de 1888. Se alojan entonces Eduardo y su familia, quienes deseaban disfrutar de comodidades similares a las que tenían en su país de origen.

La casona fue construida con piedras y diferentes materiales de la zona; además fueron traídos otros desde Europa y Norteamérica, junto a mobiliario de altísima calidad y novedosos artículos para equiparla. Entre las instalaciones de la mansión (una casa de campo estilo Luis XV compuesta por veintisiete ambientes aproximadamente) destaca el sistema de calefacción central por medio de varios hogares revestidos en mármol de Carrara; pero la más importante fue el gasógeno que proveía de iluminación interior y exterior a la vivienda, mediante gas acetileno. La cocina no estaba dentro de la casa, sino a 260 metros, donde hoy se encuentra el Jardín Botánico de la ciudad.

Por las características del edificio, con pétreos muros y emplazado sobre una de las colinas más altas de la ciudad, los concordienses -desde entonces y hasta hoy- se referirán a él como “el castillo (o palacio) San Carlos”, mientras que su excéntrico y dispendioso morador recibirá el mote de “Conde”.

Esta distinguida familia vive en el Castillo aproximadamente tres años y repentinamente abandonan el lugar. Al parecer, agobiado por deudas y con la intención de cobrar su parte en la herencia legada por su padre Carlos -había fallecido el mismo año en que el “Conde” Demachy se instala en la mansión- emprende el regreso a Francia con su esposa y el pequeño Charles, para nunca más volver.

Debido a que todas las propiedades del francés (el terreno, la fábrica y sus dependencias, así como la casona con sus equipos y mobiliario) habían quedado en garantía de varios créditos que Eduardo había solicitado, el banco se apodera de ellas y las mandan a remate. Desde entonces, se suceden varias familias en la ocupación del Castillo -como propietarias o inquilinas según el caso- hasta que en 1928 es adquirido, junto con el terreno, por la Municipalidad de Concordia, que la alquila a otra familia de origen francés, los Fuchs-Valón.

SAN CARLOS Y “EL PRINCIPITO”

La familia Fuchs era integrada por el matrimonio y tres hijos. De rasgos distintivos y elevado status social, tenían algunas peculiaridades, como su estrecha relación con la naturaleza, favorecida por el entorno de su vivienda. Si bien eran hacendados y se dedicaban a sus animales domésticos o de corral con mucho esmero, cuidaban además de otro tipo de “fieras”: zorros del monte, un mono, mangostas, una iguana y serpientes que fueron domesticados de alguna manera.

La señora Fuchs, aficionada al cultivo de rosas con las que embellecía su jardín, se dedicaba a la enseñanza del idioma francés y del piano, ya que era concertista. Mario, el hijo mayor, se dedicaba a estudiar y acompañaba a su padre en las faenas del campo. Las niñas, Edda y Suzanne, de 9 y 14 años respectivamente, amaban las cabalgatas y disfrutaban de esta vida en contacto con la naturaleza.

Cierto día, las niñas observan que una avioneta desciende sobre un descampado muy próximo a San Carlos, y hacia allí se dirigen curiosas. Cuando llegan al lugar, advierten que el conductor de la máquina había tenido un aterrizaje algo accidentado, ya que una de sus ruedas se hundió en una vizcachera, averiándose un eje. El aviador no era otro que el también francés, Antoine de Saint Exupéry -por entonces experimentado piloto de fama internacional- quien había sido contratado para delinear rutas aéreas que permitieran desarrollar el transporte aeropostal en Sudamérica, y que de pronto observaba incrédulo cómo, desde la frondosa vegetación, emergen dos pequeñas con sus rubios cabellos al viento y burlándose de la situación ¡en francés!

Este encuentro marca el inicio de lo que serán una serie de vivencias extraordinaria para quien se convertiría, algún tiempo después, en un célebre escritor, que hasta el día de hoy el mundo reconoce por su obra cumbre: “El Principito”, traducida a más de cien idiomas y dialectos, una de las más leídas de todos los tiempos, después de la Biblia. Ya de regreso en Francia, “Saintex” -como le decían sus allegados- describe parte de esta experiencia en una nota periodística de 1932 que titula, sugerentemente, “Las princesitas argentinas” (tal era el modo con que se refería a Edda y Suzanne) y que luego será la base del capítulo “Oasis” de su libro autobiográfico “Tierra de Hombres”. Aquí expresará: “Tanto os he hablado del desierto que, antes de seguir hablando de él, me gustaría describir un oasis (…) Era cerca de Concordia, en Argentina (…) Había aterrizado en un campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas”.

Quienes se han dedicado al análisis de “El Principito”, debido a asombrosas coincidencias han llegado a la conclusión de que, al menos gran parte de la obra, estuvo inspirada en ciertas características de los Fuchs-Valón -especialmente de Edda y Suzanne- y las vivencias que Saint Exupéry compartió con ellos en este “castillo de leyenda” donde vivían.

Tras ser desalojada por los Fuchs Valón en 1935, la mansión quedó abandonada, a merced de los saqueos y el deterioro. Así fue como terminó perdiendo su esplendor, hasta que finalmente un gran incendio, desatado por causas desconocidas el 25 de septiembre de 1938, la dejó completamente en ruinas.

EL CASTILLO HOY

Parte de la historia y la identidad de la ciudad, estas ruinas son oficialmente consideradas patrimonio cultural e histórico de los concordienses. Mediante consulta popular se decidió su Puesta en Valor y Consolidación, proyectada en 2008 gracias al trabajo conjunto entre autoridades provinciales y municipales.

Un equipo interdisciplinario de arquitectos, ingenieros y especialistas en restauración determinó conservar la materialidad del edificio con la mínima intervención, manteniendo la neutralidad estética y adoptando soluciones reversibles. Los trabajos concluyeron a mediados de 2013, y el 12 de octubre de ese año fue inaugurada la obra y abierta al público.

Los visitantes encontrarán pasarelas sobre elevadas del piso con barandas de seguridad, carteleras informativas y accesibilidad para todo tipo de turista, con rampas e iluminación. Además, podrán recorrer el centro de interpretación ubicado en la planta semienterrada, donde dispondrán del servicio de guías que explicarán los detalles de la historia de este lugar emblemático de Concordia.